Negó a su novio delante de sus compañeros de trabajo… sin imaginar que la vida daría vueltas
Cuando Mateo llegó frente a la Torre Corporativa Ámbar con un ramo de flores en una mano y su vieja bicicleta en la otra, estaba convencido de que sorprendería a Valeria.
Llevaban casi tres años de relación.
Él había salido temprano de su trabajo, había gastado buena parte del dinero que le quedaba esa semana en las flores favoritas de ella y pedaleó durante casi cuarenta minutos para llegar antes de que terminara su jornada.
Mateo no tenía un automóvil elegante.
Tampoco utilizaba ropa costosa.
Trabajaba como técnico reparando equipos electrónicos y, mientras intentaba ahorrar dinero para iniciar su propio negocio, se desplazaba casi siempre en bicicleta.
Valeria decía que eso nunca le había importado.
Al menos cuando estaban solos.
Aquella tarde, Mateo esperaba frente al edificio cuando vio salir a Valeria acompañada por tres compañeros de trabajo.
Ella llevaba un elegante vestido rojo.
A su lado caminaba Alejandro, uno de los ejecutivos de la empresa. Era un hombre que siempre llegaba en un automóvil de lujo y que llevaba meses intentando acercarse a ella.
Mateo sonrió y levantó las flores.
—¡Valeria!
Ella se detuvo.
Sus compañeros también.
Durante unos segundos, la expresión de Valeria cambió completamente.
No parecía feliz de verlo.
Parecía preocupada.
—¿Quién es? —preguntó una de sus compañeras.
Mateo se acercó.
—Quería sorprenderte.
Le extendió las flores.
Pero Valeria no las tomó.
Miró primero a Mateo.
Después observó su bicicleta.
Finalmente miró a sus compañeros.
—¿Lo conoces? —preguntó Alejandro.
Mateo esperaba escuchar:
“Sí, es mi novio”.
Pero Valeria respondió algo que jamás olvidaría.
—No… bueno, sí. Es un conocido.
Mateo creyó haber escuchado mal.
—¿Un conocido?
Valeria sonrió nerviosamente.
—Mateo, hablamos después.
—¿Después?
Una de las compañeras observó las flores.
—Parece que tu “conocido” vino preparado.
Los demás comenzaron a reír.
Valeria se puso todavía más nerviosa.
—Él es solamente un amigo de hace tiempo.
Mateo permaneció completamente inmóvil.
Tres años.
Tres años juntos.
Habían pasado cumpleaños, Navidades, problemas familiares y momentos difíciles.
Valeria incluso hablaba de casarse con él.
Pero frente a aquellas personas, Mateo se había convertido en “un amigo”.
—Entiendo —respondió finalmente.
Colocó las flores sobre el asiento de la bicicleta.
Valeria intentó acercarse.
—Mateo…
—No tienes que explicar nada.
—No hagas una escena.
Aquella frase terminó de romper algo dentro de él.
—No estoy haciendo ninguna escena.
Mateo subió a su bicicleta.
Antes de irse miró a Valeria.
—Espero que algún día encuentres a alguien de quien no tengas que avergonzarte.
Y se marchó.
Aquella misma noche Valeria fue hasta su apartamento.
Mateo abrió la puerta.
—Déjame explicarte.
—Puedes intentarlo.
Valeria respiró profundamente.
—Mis compañeros son diferentes. Todos tienen buenos puestos, buenos carros, viven de otra manera…
Mateo la interrumpió.
—¿Y yo te avergüenzo?
—No dije eso.
—Hoy lo dijiste sin utilizar esas palabras.
Valeria bajó la mirada.
—Solo quería evitar preguntas.
Mateo negó con la cabeza.
—No. Querías evitar que ellos supieran que tu novio llegó en bicicleta.
Valeria guardó silencio.
Y aquel silencio respondió todo.
Mateo se quitó una pequeña pulsera que ella le había regalado meses atrás y la colocó sobre la mesa.
—Creo que debemos terminar.
Valeria levantó rápidamente la cabeza.
—¿Vas a terminar tres años por una tontería?
—No termino por lo que dijiste.
Mateo la miró fijamente.
—Termino porque ahora sé cómo me ves cuando hay otras personas mirando.
Valeria se marchó furiosa.
Durante las siguientes semanas intentó llamarlo varias veces.
Mateo nunca respondió.
En lugar de eso decidió concentrarse completamente en una idea que llevaba años posponiendo.
Quería crear una pequeña empresa dedicada a reparar y reacondicionar equipos tecnológicos para compañías.
Tenía experiencia.
Tenía algunos contactos.
Lo que no tenía era dinero.
Vendió su motocicleta vieja, pidió un pequeño préstamo y convirtió el garaje de su padre en su primer taller.
Los primeros meses fueron terribles.
Hubo días en los que no apareció ni un solo cliente.
Mateo trabajaba desde las siete de la mañana hasta después de medianoche.
Reparaba computadoras.
Instalaba redes.
Compraba equipos dañados, los arreglaba y volvía a venderlos.
Su padre algunas veces entraba al taller y lo encontraba dormido sobre una mesa.
—Descansa un poco.
—Todavía no.
—Te vas a enfermar.
Mateo sonreía.
—Cuando funcione descansaré.
Mientras tanto, la vida de Valeria también comenzó a cambiar.
Después de terminar con Mateo, empezó a salir con Alejandro.
Al principio parecía exactamente el tipo de hombre que ella creía necesitar.
Restaurantes caros.
Viajes.
Regalos.
Fotografías en lugares exclusivos.
Sus compañeros de oficina lo admiraban.
Pero pocos meses después Valeria descubrió una realidad diferente.
Alejandro estaba endeudado.
La mayoría de los lujos que mostraba estaban financiados.
Además, era controlador, arrogante y constantemente la hacía sentir inferior.
La relación apenas duró ocho meses.
Dos años pasaron.
El pequeño taller de Mateo dejó de ser pequeño.
Una empresa le dio su primer contrato importante.
Luego llegó otra.
Después otra.
Mateo contrató a cinco trabajadores.
Más tarde necesitó alquilar un local.
Su empresa comenzó a encargarse del mantenimiento tecnológico de hoteles, supermercados y oficinas.
A los tres años tenía más de cuarenta empleados.
Pero Mateo continuaba viviendo de manera sencilla.
Todavía conservaba aquella bicicleta.
La tenía colgada en una pared de su oficina.
Cada vez que alguien preguntaba por qué no la tiraba, él respondía:
—Me recuerda quién era cuando nadie esperaba nada de mí.
Un lunes por la mañana ocurrió algo inesperado.
Mateo recibió una llamada.
La Torre Corporativa Ámbar necesitaba renovar todo su sistema tecnológico.
El contrato era enorme.
Después de revisar la propuesta, Mateo decidió participar.
Una semana más tarde entró al mismo edificio frente al cual había sido humillado años atrás.
Pero esta vez no llevaba flores.
Llevaba un traje oscuro y estaba acompañado por dos empleados de su compañía.
Cuando llegó a recepción, una mujer se acercó para recibirlos.
Mateo la reconoció inmediatamente.
Era una de las antiguas compañeras de Valeria.
Ella tardó algunos segundos en reconocerlo.
—¿Mateo?
Él sonrió.
—Buenos días.
La mujer miró sorprendida al hombre que había llegado acompañado por varios ejecutivos.
—¿Tú eres el dueño de TecnoNova?
—Así es.
Pocos minutos después comenzó la reunión.
Mateo estaba explicando el proyecto cuando la puerta se abrió.
Valeria entró cargando varios documentos.
Ambos quedaron inmóviles.
Ella había cambiado.
Pero no lo suficiente como para que Mateo no reconociera inmediatamente aquellos ojos.
Valeria observó la presentación.
Luego leyó el nombre de la empresa.
Finalmente lo miró.
—Mateo…
—Hola, Valeria.
Uno de los directivos preguntó:
—¿Se conocen?
Hubo unos segundos de silencio.
Valeria parecía no saber qué responder.
Mateo recordó exactamente aquel día frente al edificio.
Pero esta vez sonrió.
—Sí.
Miró directamente a Valeria.
—Fuimos pareja durante casi tres años.
Valeria bajó la cabeza.
Después de la reunión, esperó a Mateo en el pasillo.
—Me alegra verte bien.
—Gracias.
—Escuché que tu empresa está creciendo muchísimo.
—Nos ha ido bien.
Valeria miró hacia la ventana.
—He pensado muchas veces en aquel día.
Mateo permaneció callado.
—Fui una idiota.
—Éramos más jóvenes.
—No quiero justificarme.
Valeria respiró profundamente.
—Me avergoncé de ti porque estaba demasiado preocupada por impresionar personas que hoy ni siquiera forman parte de mi vida.
Mateo asintió.
—Aprendiste algo.
Valeria sonrió tristemente.
—Demasiado tarde.
Antes de marcharse, le preguntó:
—¿Alguna vez pensaste qué habría pasado si yo simplemente hubiese dicho que eras mi novio?
Mateo observó la ciudad desde aquella oficina.
—Muchas veces.
Valeria esperó su respuesta.
—Pero después dejé de hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque si ese día no hubiese ocurrido, quizás nunca habría encontrado el valor para cambiar mi vida.
Valeria guardó silencio.
Meses después, TecnoNova consiguió oficialmente el contrato de la Torre Ámbar.
Durante la inauguración del nuevo sistema, Mateo llegó temprano al edificio.
Esta vez decidió hacerlo de una manera especial.
No utilizó su automóvil.
Llegó montado en aquella misma bicicleta.
Algunos empleados lo observaron sorprendidos.
Mateo la estacionó exactamente donde había estado años atrás.
Valeria salió del edificio y lo vio.
Comenzó a sonreír.
—¿Todavía la tienes?
Mateo acarició el manillar.
—Nunca pensé deshacerme de ella.
—¿Por qué?
Mateo miró hacia la entrada de la torre.
—Porque aquel día alguien se avergonzó de verme llegar en esta bicicleta.
Hizo una pequeña pausa.
—Hoy puedo comprar cualquier automóvil que quiera. Pero aprendí que la persona correcta nunca debería necesitar ver lo que tienes para sentirse orgullosa de estar contigo.
Valeria bajó la mirada.
Mateo sonrió, se despidió y entró al edificio.
Años atrás había llegado allí con unas flores esperando ser presentado como el novio de Valeria.
Ella lo negó porque pensó que sus compañeros lo considerarían poca cosa.
Ahora Mateo regresaba como propietario de la empresa que aquella misma compañía necesitaba.
Y aunque la vida había dado muchas vueltas, él nunca olvidó la lección que aprendió aquella tarde:
quien se avergüenza de estar contigo cuando estás construyendo tu camino, no merece aparecer solamente cuando todos pueden ver tu éxito.