Mañana Revisamos Quién Estorba en Mi Hotel
—Mañana revisamos quién estorba en mi hotel.
La frase resonó en el elegante vestíbulo del Hotel Imperial.
Varios empleados bajaron la mirada de inmediato.

Quien había hablado era Verónica Salazar, la gerente general del establecimiento y una mujer conocida por su carácter estricto.
Frente a ella se encontraba una señora mayor, vestida con ropa sencilla y un pequeño bolso gastado colgado del hombro.
La mujer acababa de entrar por la puerta principal y observaba tranquilamente la decoración del lugar.
—Señora, este hotel es exclusivo para huéspedes e invitados autorizados —dijo Verónica con frialdad—. No puede entrar aquí como si nada.
La anciana sonrió con amabilidad.
—Solo quería ver algunas cosas.
—Pues ya las vio.
Ahora será mejor que se retire.
Algunos clientes observaban la escena desde los sillones cercanos.
La mujer no parecía molesta.
—No quiero causar problemas.
—Entonces haga el favor de salir.
Verónica cruzó los brazos.
—Y mañana revisaremos quién permite que personas sin autorización entren al hotel.
La anciana asintió lentamente.
—Entiendo.
En ese momento apareció Javier, el director de eventos del hotel.
Corría apresuradamente hacia la recepción.
—¡Señora Isabel!
Verónica se giró confundida.
—¿La conoce?
Javier parecía sorprendido.
—¿Cómo que si la conozco?
Todos en el vestíbulo guardaron silencio.
—Ella es la propietaria del hotel.
La expresión de Verónica cambió por completo.
—¿Qué?
—La propietaria.
La fundadora.
La señora Isabel Herrera.
El silencio fue absoluto.
La anciana observó a Verónica con tranquilidad.
—Mucho gusto.
Verónica sintió que las piernas le temblaban.
Durante años había trabajado allí y jamás había conocido personalmente a la dueña.
La propietaria vivía en otra ciudad y rara vez visitaba el lugar.
Pero aquello no era lo peor.
Javier continuó hablando.
—Además, llegó para supervisar los preparativos de su boda.
—¿Su boda? —preguntó alguien.
—Sí.
La próxima semana se casa aquí mismo.
Los empleados intercambiaron miradas de asombro.
Nadie esperaba aquella noticia.
Mucho menos Verónica.
La mujer que había intentado expulsar del hotel era la dueña del lugar.
Y también la novia que celebraría allí uno de los días más importantes de su vida.
Isabel sonrió suavemente.
—No se preocupe, señorita Verónica.
A veces las apariencias engañan.
La gerente bajó la cabeza avergonzada.
—Lo siento muchísimo.
—Lo importante es aprender una lección.
Isabel observó el enorme vestíbulo.
—Un hotel no se distingue por sus lámparas ni por sus habitaciones.
Se distingue por cómo trata a las personas.
Aquellas palabras dejaron a todos pensativos.
Porque en cuestión de minutos, la mujer que parecía una visitante cualquiera había demostrado quién era realmente.
Y también quién estaba estorbando en aquel hotel.